Biografía

Hijo de padres salmantinos, Felipe Criado nació el 8 de enero de 1928 en El Museo, puerto de Gijón. Su madre, María Martín, se dedica a las labores domésticas y a criar a sus dos hijos. A pesar de no haber recibido educación académica, era una mujer de una cierta ilustración, interés por la cultura y muy aficionada a la lectura. Esta inclinación era fruto de que su padre, Felipe Martín, fue propietario de un teatro en el que María pasó mucho tiempo viendo representar las grandes obras dramáticas clásicas, de las cuales era capaz de reci­ tar fragmentos enteros, como era el caso de las obras de Calderón de la Barca.

El padre de Felipe, Lucio Criado, era oficial del Cuerpo de Carabineros de España, un cuerpo armado cuya función era la vigilancia de costas y fronteras para, entre otras cosas, combatir el contrabando de mercancías. Debid.o al oficio del padre, la infancia de Felipe estuvo mar­ cada por los traslados y los cambios de residencia de la familia. Tanto es así que aún pervive en la memoria de Felipe el momento en que la familia, teniendo él año y medio, abandona Gijón para dirigirse a su nuevo destino: el Pirineo Leridense. Recuerda hoy el pintor, como si fuera ayer, la oscura noche en que emprendieron el viaje en el vagón de un tren tirado por una gran locomotora negra de vapor.

Otro de los primeros recuerdos que conserva Felipe de su infancia es el de encontrarse llorando en brazos de su padre tras haber sufrido un desafortunado accidente al precipi­ tarse por una cuesta con su pequeño triciclo y ser violentamente frenado por una cerca de

·alambre de púas. De las heridas producidas, Felipe conserva cicatrices en diversos lugares de su cuerpo

Dos recuerdos de infancia estos que, aun pareciendo insig­ nificantes y vanos, han sido recurrentemente  representados en algunas de las obras de Felipe Criado de los años setenta y primeros ochenta.  Por un lado, los trenes y las estaciones y, por otro, el universo infantil y las agresiones externas a las cuales el niño está constantemente  expuesto.

Tras una estancia de tres años en Cataluña, la familia se muda a Santander, donde Felipe vivirá uno de los momentos más   traumáticos e importantes de su vida: el bombardeo de la ciudad de Santander por parte de la aviación franquista en la primaveral mañana del domingo 27 de diciembre de 1936 y la jornada de sangrienta represalia que le siguió.

Refieren los textos históricos que aquella mañana sonaron las sirenas alertando de la presencia enemiga. Instantes más tarde, nueve aviones Junkers Ju-52 -empleados ocasionalmente como bombarderos y otros nueve cazas Heinkel He-51 bombardearon y ametrallaron sin cesar durante diez minutos la ciudad, comenzando por el Barrio Obrero del Rey. A la mañana siguiente, el dolor y el odio empujaron a los habitantes de la ciudad a asaltar el barco-prisión Alfonso            amarrado en una de las dársenas del puerto de la ciudad, y dar muerte a casi doscientos presos del bando franquista. De la siguiente manera narraba la escena Felipe Criado en un artículo escrito con motivo del quincuagésimo aniversario de la Guerra Civil Española:

“Y fue por el aire, un hermoso día de sol a las dos de la tarde, veintisiete de diciembre de mil novecientos treinta y seis. Dieciocho Junkers llegaron por el aire como cisnes negros en for­ mación de V. El niño y Carlos, su hermano, los miraban ilusionados, recortados en el profun­ do azul y pensaban:  “Son nuestros”. Pero no lo eran. Retumbaron encadenadas las bom­ bas, antes de que sonara ninguna sirena de peligro y el cielo azul se hizo negro de polvo y metralla. Todo fue sorpresa, terror, confusión y fuego. Un día ciertamente triste y nuevo. Yo no sabía lo que era la guerra y lo aprendí todo en un momento: ileso y aterrado, aplastado con­ tra el suelo, lo vi en los ojos abiertos de los muertos. Recordarlo vuelve a ser verme clavado sobre el suelo de aquella tarde, mirando cómo la hermosa y querida bahía de Santander, para disimular el llanto se envolvía en lilas de crepúsculo y grises de incendio. Todo allí fue gris: rostros y pensamientos y hasta las palabras que no se oían, solamente estupefacción y silencio. Un silencio sin apenas espacio. Rápidamente comenzó el lúgubre tableteo de fusiles con que, en represalia largamente anunciada, se masacraba a los presos retenidos en el buque mercante Alfonso Pérez fondeado en la bahía santanderina […].

Juro que desde entonces fui un niño inmensamente feliz por cada nuevo día que llegaba a ver el sol en el cielo y hasta gozoso de jugar a la sorpresa de cada momento. Posiblemente resulte extraño decir esto, pero las razones están en esos mecanismos complejos que rigen para la vida de un niño con ocho años, muchas ganas de vivir y mucho miedo a ser uno de aquellos que vio sin vida y con los ojos abiertos».  Debido a que, durante la guerra, el Cuerpo de Carabineros se alineó con el Gobierno de la República, tras lacontienda, Francisco Franco promulga la Ley de 15 de marzo de 1940 con el fin de purgar el Cuerpo e integrarlo en la Guardia Civil. De esta manera, Lucio Criado es destinado a la ciudad de Verín y la familia se instala en la capital de la provincia, Orense. Es allí donde Felipe estudia dos años y es testigo directo de los estragos ocasionados por el ti­ fus exantemático y la meningitis tuberculosa, que se habían propagado como una plaga por la región. Al hambre y la miseria de la más inmediata posguerra se sumaban así las muertes provocadas por estas dos enfermedades.

A pesar de todo, Felipe era un niño alegre y de curiosidad desbordante. Ya desde pequeño, de hecho, desarrolfa un interés natural por el dibujo y muestra ciertas destrezas innatas de las que es plenamente consciente cuando, no siendo más que un niño de siete u ocho años, compara su trazo enérgico y seguro con el de los dibujos de líneas tímidas y contenidas de su hermano mayor Carlos. Incluso hoy en día recuerda que dibujaba con “más malicia”.

En 1942 la familia se traslada nuevamente. En esta ocasión a Santiago de Compostela, don­ de Felipe finaliza el bachillerato, pues sus padres querían y, consecuentemente, procuraron que tanto él como su hermano realizaran estudios. A los 16 años, deseando ser cirujano, Felipe comienza la carrera de medicina en la Universidad de Santiago de Compostela. Pa­ ralelamente, trabaja de practicante en el hospital y el contacto diario con el cuerpo humano despierta en él un gran interés por la anatomía. Desgraciadamente, dos años más tarde, la tuberculosis -posiblemente incubada durante su estancia en Orense – le obliga a abandoner los estudios.

Aquella fue una desgracia, en cierta manera, positiva que le permitió leer mucho, especial­ mente a los clásicos griegos y latinos, así como desarrollar otros intereses personales. Tras continuas recaídas, su recuperación completa no se produce hasta la llegada de la estrep­ tomicina a Galicia. El periodo de convalecencia es, asimismo, muy largo, pero finalmente Felipe recupera la salud.

En 1948 conoce al escultor Francisco Asorey González (1889-1961) a través de un tío suyo dominico misionero en Latinoamérica – con ocasión del encargo de una talla de la Virgen de Fátima que éste le hizo al escultor. De hecho, es Asorey quien le sugiere a Felipe que se matricule de Estudios de Anatomía, Disección, Modelado Anatómico y Escultura tras per­ catarse del talento del muchacho al ver un bajorrelieve que realiza, no siendo más que un mero aficionado, a partir de una madonna de Antonio Allegri da Correggio. La figura de Asorey será una gran influencia en la trayectoria artística de Felipe, particularmente durante sus inicios, y de él realiza en 1957 el que será uno de los mejores retratos de su carrera.

Refiriéndose al maestro, ha dejado escritas Criado las siguientes palabras: de su «amistad y enseñanza recibí el impulso definitivo que me llevaría de la medicina a la escultura y de ésta a la pintura».

1953 es el año en que Felipe Criado prepara el acceso a la Escuela de Bellas Artes. En aquel momento, opta por abandonar la pintura con el fin de no adquirir vicios que pudieran ser contraproducentes durante su periodo de aprendizaje. Y de esta manera, ingresa en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando en Madrid, en la que estudia becado por la Dipu­ tación de A Coruña.

Durante los dos últimos años de la carrera recibe ya una decena de encargos de retratos, !o que le permite comenzar a vivir de su pintura. Simultáneamente, escribe artículos y reseñas críticas para dos publicaciones de Santiago de Compostela -e! Correo Gallego y La Noche sobre los acontecimientos artísticos de Madrid, como es el caso de una de las primeras exposiciones del pontevedrés

Manuel Colmeiro tras su regreso a España.

Felipe Criado acaba la carrera de Bellas Artes en 1959 y aquel mismo año se casa con Mercedes Boado, a quien había conocido en 1951. Juntos viajan a Ibiza de luna de miel con la promesa de un puesto de profesor en la Universidad de Córdoba. A su vuelta la plaza no estará final­ mente disponible y la pareja regresa a Santiago de Compostela, donde Felipe se impartirá clases de modelado en la Escuela de Artes y Oficios -como profesor interino – y de dibujo en el  Colegio Manuel Peleteiro.

Una vez finalizada la carrera, su inclinación natural le conduce a la pintura mural, pero lo dificultoso de disponer de paredes sobre las que pintar, le obliga a abandonar esa tenden­ cia, aunque a lo largo de su carrera pintará más de una decena de obras murales, que se encuentran dispersas por toda Galicia.

En 1960 nace su primer hijo mientras Criado se encuentra trabajando como profesor en el puesto que el año anterior no pudo conseguir en la Universidad de Córdoba. No obstante, en septiembre le comunican que no se le renovará el contrato para el curso siguiente, pero que puede continuar trabajando con un salario inferior. Acepta y, er:i enero de i961, aban­ dona el puesto para presentarse a las oposiciones de la Cátedra de Dibujo de Institutos de Enseñanza Media de A Coruña y, de esta manera, regresa a Santiago de Compostela, donde dedica ocho meses a estudiar a tiempo completo para la oposición.

Al año siguiente nace su hija Sandra y, meses más tarde, ya en 1962, aprueba la oposición para la Cátedra de Dibujo, lo cual no es freno para que en 1963 -coincidiendo con el nacimiento de su tercera hija, Cecilia – consiga también la Cátedra de Anatomía Artística y Dibujo del Natural en Movimiento de la Escuela de Artes y Oficios Artísticos de Santiago de Compostela.

Dado que, en el momento de tomar posesión de su plaza en el mes de julio de 1963, todos los profesores de la Escuela son profesores “de entrada” (adjuntos) y él es el único profesor “de término”, es decir, catedrático, es automáticamente nombrado director de la Escuela. Durante los años que está al frente de la institución, emprende la renovación del equipa­ miento y mobiliario, la mejora de las instalaciones de la escuela -como la colocación de un ascensor que facilita el acceso a todas las plantas y el proyecto de remodelación de la  última planta para convertirla en estudios que acogerían a artistas de fuera de Santiago. Recuerdo imborrable de la impronta dejada por Felipe Criado como director de la Escuela, que él bautiza como Maestro Mateo, es el nombre de la misma.

En 1967 presenta su dimisión como catedrático y director de la Escuela de Artes y Oficios Artísticos de Santiago de Compostela para trasladarse definitivamente a A Coruña y centrar­ se en su trabajo de profesor en el Instituto Femenino Eusebio da Guarda.

Con el nacimiento de su hijo menor en 1970, la pintura de Felipe Criado experimenta un giro hacia temáticas más sociales y los niños se convierten en protagonistas de su obra. Para el pintor, en un mundo de adultos, el niño es agredido constantemente  por sus ma­ yores, sufre una educación autoritaria, es abandonado, etc. En definitiva, el niño es una víctima indefensa cuya situación debe ser visibilizada y, a través de la pintura, Criado considera que esto se puede conseguir. Tiene una imagen en mente que inspira, en cierta manera, su producción de esta época: aquella conocida fotografía tomada por Nic Ut en 1972 de la niña Kim Phuc huyendo de su ciudad tras el bombardeo con napalm por parte de la aviación survietnamita.

Son también los años en los que la idea de huida -de exilio – es patente en la pintura de Fe­ lipe Criado a través del recurso a los trenes y las maletas, motivo este último que abandona cuando descubre la obra del pintor malagueño Cristobal Toral.

Es a partir de este momento cuando en la pintura de Felipe Criado comienzan a imponerse, de forma paulatina, las siluetas de color sin rostro cuya simplificación llega en ocasiones a convertir las figuras en manchas de color que vagamente recuerdan a cuerpos humanos. Criado explica esta tendencia en su pintura como una reacción a la opinión de cierto crítico de arte para el que su pintura resultaba excesivamente recargada y barroca.